Dentro de las minas de arena

En las entrañas de la Tierra, donde la luz del sol apenas tiene cabida, transcurre la vida de un humilde minero. Me llamo Ramiro, y mis días se debaten entre sombras y sudor en las minas de arena que durante generaciones han sido la columna vertebral de nuestra pequeña comunidad.

El alba nos encuentra descendiendo al vientre oscuro y fresco de la mina, cada paso resonando en un eco sordo que se siente como un latido compartido entre nosotros y la roca. Mis manos, curtidas por el arduo trabajo, se mueven casi por inercia, arrancando el mineral que, aunque modesto, es el sostén de mi familia. La penumbra acentúa los destellos en las paredes de arena y piedra, un recordatorio impasible del tesoro que guardan.

Anhelamos el aire libre, ese bocado de frescura que apenas sentimos en los breves momentos en que salimos a la superficie, cubiertos de polvo pero liberados momentáneamente del peso de la tierra. Sin embargo, la vida en la mina es dura, y mi mente a menudo divaga hacia mi familia, que he dejado allá, arriba, en busca de sustento. Es una separación que erosiona el espíritu, y cada noche al salir con el cuerpo agotado, sus rostros son el faro que ilumina mi oscuridad personal.

Recuerdo la voz grave de mi abuelo, narrando sus propios tiempos en estas mismas entrañas. Los relatos eran de esfuerzo y camaradería, de un vínculo forjado entre hombres que comparten no solo la carga de su labor, sino también las esperanzas y sueños atrapados en vetas invisibles.

La mina me ha dado todo: mis sustos, mi orgullo, y un incansable impulso de regresar cada día. La historia de mi vida se ensambla en cada instante pasado bajo tierra, donde la lucha continúa y la esperanza nunca se desvanece.

Como muchos sabrán, La Mexicana antiguamente era una mina de arena, quisimos hacer un pequeño relato imaginario de la posible vida de un minero a modo de reconocimiento y homenaje a las personas que trabajaron y trabajan en las minas.