Vivimos rodeados de sonidos. Algunos pasan desapercibidos, otros nos abruman, y unos cuantos tienen el poder de calmarnos, emocionarnos o transportarnos. El concepto de los paisajes sonoros (soundscapes) surge precisamente para nombrar ese entorno acústico que nos rodea y que influye, de manera profunda aunque invisible, en nuestra experiencia del mundo.
El término fue popularizado en los años setenta por el compositor y teórico canadiense R. Murray Schafer, quien definió el paisaje sonoro como el conjunto de sonidos de un lugar específico: naturales, humanos y tecnológicos. Así como un paisaje visual puede describirse por sus colores y formas, un paisaje sonoro se compone de viento, agua, aves, pasos, voces, tráfico o silencio.

¿Por qué importan los paisajes sonoros?
Los paisajes sonoros no son solo un telón de fondo: afectan nuestra percepción, nuestro comportamiento y nuestra salud mental. Diversos estudios han demostrado que la exposición constante a ruido urbano —claxones, motores, sirenas— puede aumentar los niveles de estrés, afectar el sueño y disminuir la capacidad de concentración.
En contraste, los sonidos naturales generan efectos opuestos. Investigaciones publicadas en Scientific Reports indican que escuchar sonidos de la naturaleza, como agua corriente o cantos de aves, puede reducir la actividad asociada al estrés en el cerebro y favorecer estados de relajación y atención restaurativa. Incluso breves exposiciones pueden tener impactos positivos medibles.

El poder psicológico de escuchar la naturaleza
Desde una perspectiva psicológica, los paisajes sonoros naturales ayudan a lo que se conoce como restauración cognitiva. Según la Attention Restoration Theory desarrollada por los psicólogos Rachel y Stephen Kaplan, los entornos naturales permiten que la mente descanse de la atención dirigida constante que exige la vida urbana.
Un dato interesante: un estudio de la Universidad de Sussex encontró que escuchar sonidos naturales puede aumentar emociones positivas hasta en un 25% y reducir emociones negativas como ansiedad o irritabilidad. No se trata solo de “sentirse bien”, sino de una respuesta fisiológica real: disminuye el ritmo cardíaco y baja el nivel de cortisol, la hormona del estrés.

Más que escuchar: preservar
Hoy, los paisajes sonoros también se consideran patrimonio cultural y ambiental. La UNESCO ha reconocido la importancia de preservar entornos acústicos, ya que el sonido es una forma de memoria colectiva. El tañido de campanas, el murmullo de un mercado o el canto de ciertas aves forman parte de la identidad de un lugar tanto como su arquitectura o su gastronomía.
En parques, reservas naturales y espacios verdes urbanos, cuidar el paisaje sonoro implica reducir el ruido artificial y permitir que los sonidos naturales emerjan. Esto no solo beneficia a las personas, sino también a la fauna, que depende del sonido para comunicarse, orientarse y sobrevivir.
Escuchar como acto consciente
En una época dominada por audífonos y estímulos constantes, detenerse a escuchar puede convertirse en un acto de atención plena. Caminar por un espacio natural sin música, identificar sonidos lejanos y cercanos, reconocer ritmos y silencios es una forma sencilla pero poderosa de reconectar con el entorno.
Los paisajes sonoros nos recuerdan que el mundo no solo se mira: también se escucha. Y en esa escucha atenta, muchas veces, encontramos equilibrio.
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