Cuando pensamos en hongos, probablemente imaginamos un champiñón, una seta creciendo entre el pasto o esas pequeñas formas que aparecen cerca de los árboles después de la lluvia. Pero el reino Fungi es mucho más amplio —y extraño— de lo que vemos a simple vista.
Los hongos no son plantas ni animales: pertenecen a su propio reino. No realizan fotosíntesis y obtienen sus nutrientes de la materia orgánica que los rodea, mientras que sus paredes celulares contienen quitina, una sustancia que también está presente en el exoesqueleto de insectos y crustáceos. De hecho, evolutivamente los animales estamos más emparentados con los hongos que con las plantas.
El hongo que vemos es solo una pequeña parte
Aquí empieza lo verdaderamente interesante. Aquello que solemos identificar como un hongo es, muchas veces, únicamente su cuerpo fructífero, la estructura encargada de producir y dispersar esporas.
El resto puede permanecer completamente oculto. Bajo el suelo, dentro de un tronco o entre la materia orgánica se extiende el micelio, una red formada por filamentos microscópicos llamados hifas que absorben nutrientes y permiten al organismo expandirse por su entorno.

Para imaginarlo de forma sencilla, podríamos pensar que si la seta que vemos fuera una manzana, el micelio sería algo parecido al árbol que la produjo. La próxima vez que encuentres un hongo en el camino, recuerda que probablemente estás viendo solo una fracción de todo el organismo.
¿Qué hace el micelio bajo nuestros pies?
El micelio de los hongos cumple funciones esenciales en los ecosistemas. Algunas especies descomponen madera, hojas y otros materiales orgánicos, ayudando a reciclar nutrientes que pueden regresar al suelo y ser aprovechados nuevamente por otros organismos.
Otros hongos establecen asociaciones con las raíces de las plantas conocidas como micorrizas. A través de ellas, las redes de hifas pueden ampliar considerablemente la capacidad de una planta para obtener agua, fósforo, nitrógeno y otros nutrientes. A cambio, las plantas entregan a los hongos parte del carbono que producen mediante la fotosíntesis. Más del 80% de las especies vegetales establece algún tipo de simbiosis nutricional con hongos micorrízicos.
Estas redes también pueden conectar distintas plantas y facilitar el movimiento de ciertos recursos. La ciencia continúa estudiando hasta dónde llegan estas interacciones y qué papel tienen en la transferencia de señales entre individuos, por lo que resulta más preciso hablar de una compleja red de intercambios que de árboles “conversando” entre sí.
Del bosque a la mesa: hongos que conocemos muy bien
Nuestra relación con el reino Fungi también pasa por la cocina. El champiñón es probablemente uno de los ejemplos más familiares, pero basta mirar distintas tradiciones gastronómicas para descubrir la diversidad que existe.
El shiitake, originario de Asia, es apreciado por su profundo sabor umami; la seta u hongo ostra aparece cada vez más en distintas preparaciones por su textura y versatilidad; y la trufa se encuentra entre los hongos más valorados de la alta gastronomía.

Esta última tiene una característica particular: a diferencia de las setas que crecen sobre la superficie, las trufas desarrollan sus cuerpos fructíferos bajo tierra, generalmente asociadas con las raíces de determinados árboles.
Del micelio al diseño, la moda y la arquitectura
Y si pensabas que los hongos terminaban en el bosque o en la cocina, el micelio también está despertando interés en laboratorios, estudios de diseño y proyectos de innovación.
Su capacidad para crecer sobre distintos residuos vegetales y formar redes compactas ha permitido investigar materiales que pueden utilizarse en empaques, paneles, aislantes y productos para construcción. También existen desarrollos que buscan producir materiales similares al cuero mediante láminas cultivadas a partir de micelio.
La investigación continúa y muchos de estos materiales todavía enfrentan retos para producirse a gran escala, pero muestran algo fascinante: un organismo que lleva millones de años creciendo silenciosamente bajo nuestros pies también puede ofrecer nuevas formas de pensar cómo fabricamos ciertos objetos.

Un mundo que casi nunca vemos
Los hongos están mucho más presentes en nuestra vida de lo que parece. Ayudan a descomponer materia orgánica, establecen relaciones con las plantas, participan en el funcionamiento del suelo, llegan hasta nuestras cocinas y ahora incluso inspiran nuevos materiales.
Así que la próxima vez que encuentres uno creciendo entre el pasto o cerca de un árbol, obsérvalo con atención. Lo que aparece sobre la superficie podría ser apenas una pequeña pista de todo un mundo que continúa desarrollándose debajo de nuestros pies.
